miércoles, 30 de junio de 2010

EL ASESINO DE CANTANTES DE JAZZ


 
Aquella mañana se levantó con resaca, la cabeza seguía dándole vueltas inmersa en una densa neblina que difuminaba su realidad. Era siempre la misma mierda: la misma cama solitaria, las mismas nauseas, los mismos dolores de cabeza, la misma mañana gris. Cada vez tenía menos razones para levantarse. Se había convertido en una escritora mediocre que seguía viviendo de éxitos pasados. Había estado toda la noche escribiendo, apenas cuatro párrafos, entre whiskys solos o con hielo. Se duchó, comió, se sentó a escribir y se dio cuenta que había algo diferente, nadie le susurraba las palabras. Se levantó, la buscó por toda la casa y no la halló, no escuchó su voz aterciopelada, tan solo encontró una nota en la nevera.

Me cansé de trabajar para ti. Búscate a otra que te aguante. Te has convertido en una escritora vulgar, aburrida y sin talento. Yo me merezco algo más.
    Firmado.
                                                                                                                      Tu inspiración.

Se quedó allí, petrificada frente a la nevera, indecisa, leyendo y releyendo la nota mientras un sudor frío bañaba su cuerpo. Su inspiración la había abandonado y tan solo le había dejado unas palabras que arañaban con su tinta la blancura del papel. Tras unos momentos de pánico reaccionó y tomó la decisión de ir a buscarla. Ontario, ese era el destino, estaba convencida de encontrarla allí, porque allí se habían conocido.

Aterrizó en Toronto Pearson a media mañana, con las piernas entumecidas por el largo viaje. Durante el vuelo tuvo tiempo suficiente para ordenar sus ideas. Ontario era una región amplia, la agreste Península de Bruces, las Cataratas del Niágara, Blue Montain, Ottawa, pero su inspiración era una mujer cosmopolita, necesitaba una gran ciudad. Toronto era el lugar idóneo para esconderse, una de esas ciudades en las que se puede pasar totalmente inadvertido, a menos que saques un enorme mapa en medio de la calle y lleves una cámara al cuello. Y es que en una ciudad donde más de la mitad de la población es foránea, hablar otro idioma, tener los ojos rasgados o simplemente ser diferente, no significa ser extranjero.
-          Olivia Iranzo.- Dijo el oficial mientras miraba con recelo el pasaporte.-¿Qué motivo la trae a Toronto?.- Continuó preguntando.
-          Turismo. – Mintió titubeante. La otra opción, responder la verdad, estaba descartada de antemano. Nadie creería que había venido a buscar a su inspiración.
El tipo, un hispano de estatura media y gesto serio, siguió examinando la foto. Olivia también lo examinaba a él mientras pensaba donde había quedado la fraternidad entre inmigrantes. Se disponía a tararear una canción de Julio Iglesias para relajarse cuando el oficial esbozó una sonrisa y  le devolvió el pasaporte.
La noche caía sobre Toronto era el momento de comenzar la búsqueda, la inspiración es un animal nocturno. Subió a un taxi. El taxista, un coreano enamorado de las españolas, le recomendó comenzar por Destillery District, tal vez la encontraría en alguna de las galerías de arte que poblaban sus aceras. Llevaba una foto suya en la cartera, pero no le iba a servir de mucho. No había encontrado ninguna fotografía en la que su cara se viera con nitidez, en todas ellas un halo de misterio envolvía su rostro, ocultándolo al resto de los mortales. Ni siquiera Olivia estaba segura de cómo era. No conseguía recordar el color de sus ojos, la carnosidad de sus labios ni la dureza de sus facciones. Solo recordaba su larga cabellera negra, su voz cálida y sensual, sus manos, seguras y suaves, y ese porte de femme fatale que siempre la acompañaba.
Se armó de valor y entró en uno de aquellos edificios de ladrillos rojos y arquitectura victoriana que en otro tiempo habían sido destilerías. Echó un vistazo al local, creyó reconocerla en una joven que estaba bailando pero al aproximarse se dio cuenta del error. No había rastro de ella en aquel lugar. Sin embargo un tipo gris que estaba acodado en la barra había conseguido captar su atención. Era un hombre de pelo castaño, gafas redondas, barba breve y cara fofa. Un tipo vulgar que observaba como un espectador de cine lo que sucedía a su alrededor. Aquella actitud pasiva llamó la atención de Olivia. Él se sintió observado, apuró el último trago de vodka y abandonó el lugar llevándose a Olivia tras él. Ambos subieron en uno de esos tranvías rojos que recorren la ciudad hasta llegar a Queen. Entraron en The Rex Hotel, un club de jazz con una luz ocre que no llegaba a iluminar pero que le confería un ambiente mágico, situado en la esquina de Queen y  St. Patrick. El tipo se acercó a la barra, pidió un vodka rojo y se dedicó a escuchar la actuación. Sobre la pequeña tarima del escenario una joven blanca, no muy alta, de pelo rizado y gafas oscuras, interpretaba acompañada de un piano negro de pared ”I’ll Wind” de Lena Horne. A Olivia, que no tenía un oído acostumbrado al jazz, le parecía que la voz de aquella chica surgía de la tierra y se esparcía por toda la sala, inundando todos sus espacios con su sensualidad. Sin embargo el tipo no parecía satisfecho, dejó el vaso sobre la barra y abandonó el local al tiempo que una nueva cantante comenzaba a interpretar “I got life” de Nina Simone.
La joven cantante salió por la puerta trasera. Su coche, un studebaker azul, se encontraba aparcado en el callejón, abrió la puerta, subió al él y colocó las llaves en el contacto. En ese preciso instante, el tipo gris golpeó la ventanilla del conductor. Ella lo miró de soslayo mientras la bajaba. El tipo sacó lentamente su Colt del bolsillo, tratando de no llamar la atención de la joven.
-          Tranquila, el tiro no te dolerá. No te hará más daño del que tú le has hecho a Lena Horne.- Dijo mientras le daba un disparo certero en la cabeza.
Guardó de nuevo el revolver en su bolsillo y giró sobre si mismo. Sus ojos fueron a chocar con los de Olivia, que amparada por la oscuridad, había presenciado la escena, anotando en su libreta lo sucedido.
-          ¿Quién diablos eres tú?.- Preguntó el tipo con un timbre de voz que no correspondía a un asesino.
-          Yo soy escritora. ¿Quieres ser mi inspiración?.- Respondió Olivia.
El tipo no contestó solo le indicó con un gesto que lo siguiera. Llegaron a una pequeña casa del barrio de Kesington Market donde unos jamaicanos les invitaron a pasar dentro para presenciar un jamming, bajo un denso y dulzón humo. Y allí, entre aquel humo la distinguió, su inspiración, pero ahora ya no la necesitaba, otro ocupaba su lugar.

4 comentarios:

TERTULIADISPERSA dijo...

Si desafina hay que matarla, eso está claro.
Salva

mar_botella dijo...

Bien estructurado como nos tienes acostumbrad@s, te engancha hasta el final - aunque sea un asesinato de nuevo- y te llena la cabeza de las imágenes que describes.

Anónimo dijo...

excelente texto, sin duda, enhorabuena

Nacho Huertas

Anónimo dijo...

Una historia fantástica y ,muy bien documentada.¡enhorabuena escritora!
Mo