jueves, 24 de junio de 2010

Cartas para viejas amantes


 
-          Además de todos sus objetos personales les adjuntó tres cartas que no consigo encontrar. – Dijo el abogado apesadumbrado dirigiéndose a las tres mujeres mientras rebuscaba en sus archivos. - ¿Dónde estarán?.- Continuó farfullando.
-          Ah! Aquí. Carmela, Lidia, Nuria.- Dijo mientras les daba las cartas.
Las tres mujeres conocían la existencia de las otras, la conocían ahora y mientras estuvo casado con ellas pero nunca habían llegado a verse las caras. Él siempre actuó con cautela pero una mujer sabe cuando su marido tiene una amante. Un olor diferente en su ropa, un cambio de hábitos, un regalo a destiempo, un sabor no conocido en su boca son indicios suficientes. Las tres eran hermosas, listas, perspicaces, de larga cabellera y esbelta figura, ropa cara, tacón de aguja, capaces de iluminar una estancia con su sola presencia. Bebedoras ocasionales, comedoras moderadas y amantes insaciables. Tal vez lo único que las diferenciaba fueran los escrúpulos. Eran ese tipo de mujeres que hacen volver la vista a los hombres, tocar el claxon, asomar el cuerpo por la ventanilla y decir sandeces. Conscientes de su belleza observaban a la que fue su adversaria con desdén mientras se preguntaban que habría visto él en la otra que no vio en ellas. Las tres habían besado su boca, recorrido su cuerpo, deshecho su cama. A las tres las había llevado al altar, les había jurado que eran la mujer de su vida y luego cambiado por la siguiente. Las había citado allí para que se conocieran, para devolverles sus objetos personales, esos que había guardado como trofeos de sus victorias, para entregarles unas cartas. Estaban convencidas de que, a pesar del tiempo transcurrido desde la última vez que lo habían visto, seguía jugando con ellas. Este era uno más de sus trucos, le gustaba jugar con las mujeres como otros lo hacían con las cartas. Seguramente estaría en alguna playa acariciando su Gibson Les Paul, la única mujer de la que había estado realmente enamorado. No cruzaron una palabra, no se molestaron en recuperar sus objetos personales, únicamente cogieron las cartas que les ofrecía el abogado y abandonaron el despacho en medio de una estela de perfumes caros.
Nuria era su última mujer, una veinteañera universitaria de buena familia de la que apenas llevaba dos meses divorciado. Se preguntaba que podía haber visto en sus antecesoras, no eran tan atractivas, ni tan jóvenes como ella y mucho menos tenían su posición social. Llegó a su apartamento, situado en una de las calles más pijas de la ciudad, abrió una botella de vino, se sirvió una copa y abrió la carta.
Querida Nuria:
La sombra de la ruptura planeó sobre nuestro matrimonio desde el primer momento, ensombreciendo nuestro presente, nuestro futuro. Tu amor fue y volvió solo. No encontró correspondencia, no la que tú esperabas. Yo sólo buscaba tus contactos. Tú intentaste convertirme en alguien que no era, ya cumplí los veinte años hace tiempo no puedo seguir tu ritmo. Te cansaste de esperar a que cambiara. Yo me cansé de ti.
Cogió la copa de vino que había dejado sobre la mesa y apuró el último sorbo.
-          No has sido el mejor de mis amantes.- Pensó mientras rompía la carta.
Lidia había sido la segunda de sus esposas, la había conocido en un bar de carretera. Todos los presentes intentaban invitarla a una copa, él se acercó, le susurro al oído y le hizo una oferta irrechazable. No hay día que despierte sola, pero tampoco hay dos mañanas en que lo haga acompañada del mismo hombre. Llevaba una vida desenfrenada gracias al dinero que había obtenido con el divorcio. Cogió el coche y se dirigió a la oficina, en la soledad de su despacho leyó la carta.
Querida Lidia:
Algunas veces los sentimientos se encuentran desprotegidos, tiritando bajo la tenue luz de algún bar de mala muerte, hasta que alguien llega y los reclama. Hay relaciones que llevan marcada la huella del fracaso: decir te quiero está prohibido. Hay personas que miden el amor en función de los regalos recibidos. Tú eres una de esas.
Que te follen pensó al terminar de leer. Sonó el teléfono.
-          A las diez en tu casa.- Dijo una voz al otro lado del teléfono.
-          Perfecto.
Carmela y él se habían conocido en la graduación. Sus ojos se habían cruzado en la entrega de diplomas, él reparó en su mirada y, de alguna manera quedó fulminado por ella. Luego, en la fiesta, entre los efluvios de la música y el vino, ella le había parecido lo más real del momento. Sus manos se rozaron, sus miradas había chocado con tal intensidad que por primera vez ambos fueron conscientes que tenían un cuerpo, un cuerpo al que los ojos y las caricias del otro daban forma. No pudo esperar a llegar a casa para leer la carta. Sacó las llaves del coche, entró y comenzó a leer.
Querida Carmela:
Tú has sido a la única que he amado de verdad. Con el paso del tiempo, al evocar un amor antiguo la memoria nos devuelve momentos dulces y la boca se llena de azúcar.
La nostalgia nos produce un placer tan intenso como efímero que guardamos con melancolía. Ese recuerdo imposible de compartir, se convierte en una pieza única de nuestra existencia. Reúnete conmigo.
La dirección venía anotada en el reverso. Pensó en lanzar la carta por la ventanilla, no lo hizo. Arrancó el coche y se dirigió a la cita.
-          Has venido. No creí que lo hicieras.- Dijo él al verla.
-          Sí, he venido.
Durante un instante pensó besar su boca. Sin embargo le dio una sonora bofetada y sonrió.
-          Siempre quise hacer esto. Nunca es tarde.- Le gritó mientras se alejaba.

Yolanda

2 comentarios:

Salva dijo...

interesante como todos tus escritos

Anónimo dijo...

SIEMPRE HAY UNA, LA ÚNICA QUE HAN AMADO DE VERDAD.... Cuando se ama, siempre se ama de verdad...el resto se llama mentira.