jueves, 4 de noviembre de 2010

Tia CoNCHa

Acostumbraba a pasar largas temporadas de verano en el pueblo, en la casa en la que vivía mi tía Concha. Para entonces ya había quedado viuda, como ella solía decir entre dientes. En realidad mi tío la abandonó, desapareció un frió día de invierno, allá por el año 73. Por entonces, yo era un niño de 8 años, y aunque mi tía decidió enterrar en vida la memoria de su marido, lo cierto es que los ecos de una adúltera escapada, resoplaban con fuerza en aquel tosco paraje manchego.
Recuerdo con nostalgia, aquellos estíos en el pueblo, a la sombra de la tía Concha, que a pesar de su adusta presencia, siempre me recibía con el mayor de los entusiasmos. Eran días de agrestes escapadas, de bollos con chocolate, de intempestivos baños en el río y de costras secas en la rodilla.
Han pasado mas de 30 años desde aquel último verano, a pesar de ello, no me resultó difícil encontrar la casa, que prácticamente seguía tal y como la guardaba en mi memoria. Aproveché mi visita a España para acercarme hasta el pueblo, tía Concha había fallecido hacia ya cerca de un año, y un escueto y frió telegrama me comunicaba que ante la ausencia de hijos y familia directa, esta me había dejado la casa como herencia.
Todavía no sabía lo que iba a hacer con aquel viejo caserón. Una extraña sensación mezcla de nostalgia y desasosiego me acompañó durante todo el viaje. Eché un ligero vistazo a la planta baja y de forma intuitiva comencé sin pensarlo a subir con cierto recelo las escaleras que conducían al desván, aquel viejo desván en el que mi tía acomodaba un rancio colchón de pluma sobre el que yo dormía durante mis estivales visitas.
Aquel último verano del 73, no fue igual que los demás. Tras el abandono de su marido, tía concha no volvió a ser la misma. Su cuerpo se encogió al sobrecogedor ritmo que lo hacia también su alma. Pese a todo, decidí pasar de nuevo con ella unos días aquel último verano.
Mis viejos tebeos, ya amarillentos, se amontonaban junto a aquel viejo colchón que apoyado sobre la pared, resistía orgulloso el paso del tiempo. Justo arriba del cabezal de la que un día fue mi cama, pendía un inquietante cristo crucificado tallado en madera. Ensimismado, me quedé un rato mirándolo al tiempo que un ligero escalofrío comenzó a recorrer mi cuerpo. Todavía recuerdo aquellas últimas noches, aquel último verano. Fueron noches de angustia, en las que el miedo se instalo con fuerza en aquel desván. Ecos de irreconocibles voces surgían entre aquellos sólidos muros de piedra. Intermitentes apagones, inexplicables sonidos que me acompañaron aquella última noche de hace casi 30 años, cuando de forma repentina aquel viejo crucifijo cayó al suelo decapitando su figura. Todavía recuerdo como asustado, lo cogi entre mis manos y pegue de nuevo la cabeza con un bote de cola que encontré entre lo que parecían ser las herramientas del que un día fue mi tío. Ha pasado tanto tiempo y aquella figura me seguía provocando una extraña angustia.
El ruido de un motor arrancando me devolvió de nuevo a la realidad, comprobando al asomarme por la pequeña ventana del cobertizo que el coche era el mío, alguien me estaba robando el vehiculo. Bajé corriendo las escaleras pero cuando llegué a la puerta, este ya comenzaba a perderse entre los tortuosos caminos que daban acceso a tan agreste paraje. Recordé con desasosiego que me había dejado el teléfono en el interior del vehiculo por lo que en un último intento decidí acercarme hasta las casas cercanas en busca de ayuda. Comenzaba a anochecer y mi angustia crecía a medida que constataba que como ya imaginaba, ya nadie vivía en aquella pequeña aldea.
La oscuridad se había hecho fuerte en una más que cerrada noche manchega, con cierta dificultad conseguí llegar de nuevo a la casa con la intención de hacer noche. El pueblo mas cercano y la carretera estaban a más de 15 kilómetros y en esas condiciones adentrarse en tan sombría noche era una locura.
A tientas y ayudado por una pequeña linterna que siempre llevaba en mi mochila, conseguí encontrar unas cuantas velas en un cajón de la cocina, asegurándome un mínimo de visibilidad en tan espesa noche. Había sido un largo viaje, estaba cansado, sin coche, sin luz. Resignado subí de nuevo al cobertizo, un escalofrío recorría mi cuerpo a medida que subía los escalones de madera acompañándome con sus crujidos a modo de desconsolados lamentos.
- No debería haber venido, pensé mientras dejaba reposar la vela sobre la mesilla de noche y me recostaba sobre el viejo colchón de plumas, al tiempo que casi sin querer era vencido por el cansancio acumulado por tan largo viaje, cayendo en un profundo sueño.
Un estremecedor ruido me sacó de mi letargo, un sonido profundo que surgía del interior de aquellos muros. Era como si aquellas paredes hubieran cobrado viva y aullasen, gritasen pidiendo auxilio. Asustado me incorporé en la cama, un seco golpe de viento abrió la ventana de par en par inundando la estancia de oscuridad, al tiempo que pude ser testigo de cómo una enorme grieta se iba abriendo paso en el muro sobre el que reposaba el viejo camastro. Un fino y sobrecogedor halo de luz emanaba del interior de aquella pared, una tosca abertura en la podía meter mis dedos. Cesaron los ruidos, con el corazón al borde de la taquicardia me acerque a esta, asomándome para ver en su interior. Una efímera mirada asomo por el interior de esta al tiempo que perdía el conocimiento y caía al suelo.
Desperté con las primeras luces del día con un intenso dolor de cabeza sin duda provocado por el crucifijo que había caído de la pared, dando contra mi cráneo. Horrorizado comprobé que este lucia de nuevo decapitado. Apenas recordaba lo que aquella noche había sucedido, aquellos ojos que me observaban a través del espeso muro probablemente fueron consecuencia del shock que me provocó el golpe del crucifijo sobre mi cabeza.
- La cabeza, donde esta la cabeza, pensé….
Al comenzar a levantarme del suelo, algo llamó mi atención debajo de aquel viejo somier, eran los intensos ojos del cristo que amenazantes me observaba bajo la cama. Con sigilo comencé a tantear hasta dar con el, algo se interpuso entre mi mano y el, era una caja, una vieja caja de lata que con cierta dificultad conseguí rescatar. Salí de la casa con ella, necesitaba respirar, necesitaba luz. Sentado en la entrada, abrí ceremoniosamente aquella caja cubierta de polvo. Un montón de cartas, cuidadosamente atadas con una cuerda de palomar reposaban en su superficie. Eran cartas de amor, una tosca caligrafía acompañada de rancios versos que consiguieron sacar una ligera sonrisa de mi boca. Unas cartas dirigidas a mi tío que sorprendentemente no estaban firmadas por tía Concha. Bajo todas ellas, una vieja fotografía de mi tío a la que se le había arrancado la cabeza, su cabeza… su DNI, un anillo de matrimonio en el que se podía leer; Luís y Concepción y algunos documentos relativos a propiedades de ambos. Montones de dudas se agolpaban en mi interior, y como en una pesadilla, la imagen de aquel ojo asomando por entre la grieta del cobertizo, no dejaba de asaltar con insistencia mi mente. Una vieja llave hueca reposaba en el fondo de aquella reveladora caja, la cogí entre mis manos, esa llave…. Esa llave me resultaba tan familiar. Era la llave de la alacena que mi tía tenia en el cobertizo, la misma alacena en la que jugando con mi tía, me había escondido tantas veces.
Aquel último verano del 73, esta había desaparecido, su puerta había sido cubierta con un espeso muro, el mismo muro que durante la noche bramaba de dolor.
No se muy bien que me impulsó a ello, lo cierto es que cuando me quise dar cuenta me encontraba en el desván con un pico que había encontrado en el corral, intentando descubrir que se escondía detrás de aquella pared, Comencé a picar sobre aquel espeso muro que no daba tregua a mi descanso, hasta que un pequeño agujero me permitió asomarme a su interior, del que emanaba un intenso y sobrecogedor olor a muerte. Dejándome llevar por una mezcla de rabia y miedo comencé a golpear con fuerza sobre el muro hasta hacer caer un montón de ladrillos suelo, después de haberle propinado embrutecidos golpes con el pico.
Entre los cascotes, un bulto llamo mi atención. Estaba envuelto en papel de periódico. Un viejo periódico fechado en el año 1973. Un ligero bulto que abrí, descubriendo horrorizado que se trataba de un cráneo humano. Asustado decidí llegar hasta el final y encontrar la última pieza del puzzle, de un siniestro puzzle del que creía tener la solucion. Ayudado por el pico comencé a arrancar los unimos ladrillos hasta tirar el muro abajo. Estremecido descubrí la respuesta a tan siniestra herencia. Emparedado tras aquella vieja pared descansaban los restos de un cadáver, este lucia un viejo anillo en el que se podía leer. Luís y Concepción.
Totalmente consternado me deje llevar por mis pasos hasta la ventana, donde desconcertado pude ver que el coche, mi coche, estaba aparcado en la puerta de la casa, donde siempre estuvo……


1 comentario:

Mo dijo...

magnífico doctor, un relato que podría ser una larga e inquietante novela.