jueves, 6 de mayo de 2010

El pañuelo de Julia


Como si de un autómata se tratase, Julia caminaba con la mirada perdida en el asfalto. Había comenzado a anochecer y después de dos trasbordos en autobús, todavía le quedaba un buen camino hasta llegar a casa. Comenzaba a chispear y Julia se refugió un instante a la sombra de un escaparate. Abrió el bolso y sacó un bonito pañuelo de flores que se colocó sobre la cabeza para protegerse de la lluvia. Mientras lo anudaba a su cuello, no pudo evitar esbozar una sonrisa al recordar el día en que Javier se lo regaló. De eso hace ya cerca de 9 años, aquel fue el último presente que le hizo su hijo, su pequeño como a ella le gustaba llamarle. Aquel fue el último día de la madre que celebraron juntos.
Lo que en principio parecía una ligera llovizna, acabó convirtiéndose en una breve aunque molesta tormenta de verano.
Julia aceleró el paso, aquella humedad no resultaba nada beneficiosa para sus doloridas piernas. Toda una vida trabajando para sacar adelante a sus 3 hijos, hacia tiempo que había comenzado a pasarle factura. Toda una vida deseando que llegase el ansiado momento de la jubilación, y ahora, cuando apenas le restaba un año para conseguirlo, ni siquiera se había planteado su futuro como jubilada.
El repicar del reloj de una iglesia cercana le sacó de un ligero letargo. Sobresaltada miró la hora, eran las 9 de la noche. Julia, nerviosa, avivó aun más el paso.
-Mi pequeño, musitó mientras intentaba esquivar los charcos que le precipitaban hacia su humilde barrio.
La lluvia era cada vez mas intensa, Julia corría esquivando a la gente, los coches, los charcos…. El agua empañaba los cristales de sus viejas gafas que ya a duras penas le permitían ver con claridad. Cruzó corriendo la calle, con tan mala suerte que al subir al bordillo, tropezó con este y cayó al suelo.
- Mi pañuelo, balbuceaba nerviosa después de ver como este salía disparado por un fuerte golpe de viento.
- Mi pañuelo, musitaba mientras era ayudada por una joven pareja que paseaba a su perro.
Un joven con bolsa de deporte al hombro, se acercó hasta ella y le entrego el ya ajado pañuelo. Julia lo cogió entre sus manos y agradecida a los jóvenes lo estrechó contra su pecho.
Al llegar a casa, le sorprendió el silencio sepulcral con el que fue recibida cuando abrió apresuradamente la puerta. Ya en el pasillo, comenzó a escuchar los sollozos, cada vez más cercanos que podían oír detrás de aquella puerta. Notaba como si cada uno de aquellos lamentos le arrancase un trozo de si misma, un trozo de su vida.
Al llegar frente a la puerta, abrió la habitación de su hijo. Javier lloraba desconsolado, gritando al tiempo que con los puños ya ensangrentados golpeaba una y otra vez la pared. Julia se acercó hasta el abrazándolo, y cogiéndole de la mano, abriendo su enfurecido puño ya sanguinolento, donde depositó una papelina que llevaba guardada en el escote.
El reloj de la iglesia volvió a sonar. Javier descansaba durmiendo como un niño sobre el regazo de su madre, mientras ella con aquel bonito pañuelo de flores le secaba las lágrimas.
- Mi pequeño

2 comentarios:

TERTULIADISPERSA dijo...

En tus escritos encuentro esa parte de Amor que el doctor suele ocultar en el bolsillo de su bata. Me gusta mucho la sutilidad que tienes para expresarlo y esos detalles tan propios de una persona con sensibilidad.

Dr.Magenta dijo...

Creo que dado el cariz que estan tomando estos textos tanproclives al bajon emocional deberia de cambiar la bata blanca por la bata de cola.