Suena el despertador, son las ocho en punto. Desayuno y me bajo a correr, no mucho, no vaya a ser que me canse. Luego voy a Verdecora; compro unas plantitas nuevas para dar vida a mi casa. Por el camino, y durante toda la mañana, voy pensando de forma intermitente en mis últimas conquistas, y las voy comparando con las futuras e hipotéticas, y procuro reflexionar y sacar conclusiones, y analizarlo todo bien, bien, bien. Llego a casa con mis nuevas plantas. Esta vez he comprado también tierra para trasplantarlas, ya no se me morirán tan fácilmente. Les quito las hojas secas, trasplanto esa que es más frágil, las riego con el abono líquido ese, y les doy un poco de agua a las hojas con el pulverizador. Como pronto, ya que quiero bajar a la piscina a la hora de la siesta. No me gusta hacer la siesta ni sociabilizar con mis vecinos pijos y además… enseguida se llena. Estando en la piscina pienso en la poca familia que me queda, en el poco contacto que tenemos, ya que siempre ha sido así. Y ya se sabe que las viejas costumbres son difíciles de romper... Retozo dentro del agua intentando liberarme de mis sentimientos de culpa y de tanto análisis que me ha puesto dolor de cabeza, ¿o será el Sol? Esta tarde juega España. Pero juega a las 20.30, ¿qué podría hacer hasta entonces? Ahí es cuando me acuerdo de que tengo que comprar un carrito de la compra nuevo, su aspecto ya no se arregla con el programa cinco de la lavadora y luego el B, ese de aclarado y centrifugado. Subo a mi casa refrescado y después de ducharme para quitarme el olor a cloro, (no soporto el olor a Cl-), cojo el coche para ir a los chinos. Si si, han leído bien, mi barrio es tan gris y vacío de todo, que tengo que coger el coche para ir a cualquier sitio. Una vez en la gran superficie “Muralla Feliz”, pienso que ya puestos, podría dar una vuelta por esa tienda de barrio, donde bien podría caber un Mercadona, para encontrar lo que en mi concepción espartana del hogar, serían objetos inútiles; pero que desde la perspectiva de una chica son totalmente imprescindibles, provocándome la sensación de que sin ellos la casa padece algún tipo de enfermedad, como goteras o aluminosis. Finalmente la falange se impone, y vuelvo a casa únicamente con cosas útiles, que le vamos a hacer. Ups! Y un centro de mesa, no está todo perdido. En el descanso del partido me llama Jose, antiguo compañero camata, para decirme que he sido idiota, que tendría que haber ido a trabajar con ellos ese día. Es cierto, me ofrecieron la posibilidad de ir a hacer una extra a un restaurante de pueblo, algo que me tendría enmarronado todo el día, y dije que no. Jose fue claro, él al igual que yo, puede pasar sin ese dinerito extra. Él lo hace porque le gusta. Si, le gusta estar constantemente trabajando, gastando sus días libres en hacer extras para luego gastárselo en copas saliendo de noche. El trabajo es una necesidad sí, pero que me dicen de todas esas personas que lo utilizan para no reflexionar sobre sus vidas, e intentar hallar la forma de mejorarlas; las que acaban usando el trabajo como un refugio de sus propias vidas, porque no tienen nada mejor que hacer. En fin, España ganó, y como había cenado un bocadillo durante el partido, al terminar el mismo, escribí este relato y me acosté pronto para levantarme otra vez a las ocho… como los niños buenos.
jueves, 8 de julio de 2010
Luis-esperar-cadencioso…sex-shop.
En la calle Cáceres había un sex-shop. Todo el mundo conocía esa calle por tan golosa tienda. En un país en crisis, las viejas diversiones, las más simples y básicas, eran las principales aficiones de la sociedad, para olvidar sus preocupaciones y evadirse del no-empleo y la hipoteca.
Luis llegó a esa calle con sus cascos puestos, escuchando Depeche Mode en su MP3; el LP Violator, concretamente. Se detuvo frente al sex-shop, sonrió levemente. Remiró el escaparate opaco. Miró su móvil, y se dio media vuelta. Entró en la librería de enfrente, y se puso a mirar en la sección de grandes clásicos, luego pasó a la ciencia ficción y de esta a los libros de autoayuda. Todo esto aderezado con “world in my eyes”. Luis seguía el ritmo de tan maravillosa canción de forma cadenciosa, casi sensual. Una dependienta interesada un poco en lo que Luis pudiera hacer allí, se le acercó a preguntar con una sonrisa:
-Hola buenos días, ¿le puedo ayudar en algo?
-No gracias, estoy esperando a alguien.
La dependienta, un tanto confusa, se alejó de él sin retirarle la sonrisa, y volvió a sus quehaceres para mirarle de reojo, de vez en cuando.
Luis seguía escuchando a Depeche, esta vez “Personal Jesus,” y había vuelto a cambiar de sección. Apenas cogía un libro lo dejaba enseguida, y nunca lo abría para leer un rato su interior. Otra vez miraba el móvil. Un profundo suspiro, y un agarrón a un libro que ni siquiera sabía si lo había cogido boca arriba o boca abajo.
Pasaron un par de minutos y un joven entró en la librería, llevaba un bolso enorme, y una camiseta que parecía un uniforme. Fue directamente a Luis y le agarró del brazo. Éste, se giró y con una amplia sonrisa le dijo:
-Ya era hora Carlos, mi cielo.
-Fíjate bien, esto es para tí.
El joven abrió su bolso y le mostró el interior a Luis. Un consolador de formidables dimensiones de nombre “Violator”. Luis, temeroso, miró a los ojos de Carlos con estupor al tiempo que sonaba en sus cascos y para su sorpresa, la canción “I Feel You”. Tras abrumadora carga emocional, Luis tan solo pudo decir:
-Vaya, esta canción no pertenece a Violator.
Etiquetas:
Pablo
SODA CÁUSTICA
1451. Peter Schöeffer concentró su atención en el papel que sostenía entre las manos. Era de una calidad inmejorable, con la justa proporción entre las telas, la celulosa y el agua. Convenientemente blanqueado con soda cáustica, la densidad de su gramaje le hacía idóneo para la imprenta que su jefe había inventado a partir de una vieja prensa de uvas y unos tipos móviles de plomo más resistentes que los de madera, sin lugar a dudas.
Parecía que, al fin, los recelos de Johannes con respecto de su invento se habían esfumado y podían dedicarse por entero a la edición de la “Biblia de las 42 líneas”. El viejo Johannes colocaba él mismo los tipos de cada página, entintaba y después ponía esa maravilla de papel que les había traído de España, de donde se comentaba que esta técnica de impresión ya estaba siendo utilizada, así como en Bélgica, Italia y otros lugares de Europa. Desde luego había que reconocerle al viejo que, gracias a su actividad secreta, al utilizar el plomo en lugar de la madera u otros metales menos resistentes, se había convertido en el inventor de la imprenta moderna. Pero tal vez esos recelos le habían trastornado un poco…
-¡Peter, Peter, mira la composición de la primera página!. No quiero que haya ningún fallo. En cuanto la tenga voy a llamar a esa rata de Fust para que vea donde ha ido a parar su dinero.
-Creo que no se ha cometido ningún fallo, señor. El hueco para iluminar la primera letra inicial mayúscula se ha acotado y el texto no tiene ninguna falta de ortografía. Los márgenes se respetan a ambos lados y también arriba y abajo. Ha respetado las 42 líneas en cada columna que compone la página…en resumen, creo que está bien, señor.
- Muy bien, muy bien – respondió el viejo mientras caminaba de un lado a otro del taller- prosigamos, joven Peter, prosigamos.
Así transcurrían los días en el taller de Gutemberg en Maguncia, días llenos de trabajo y de temores. A Johannes le aterraba que alguien conociera su descubrimiento y le arrebatase toda la gloria que le correspondía. A él, sólo a él y a nadie más. Durante aquel año que fue el empleado del viejo, Peter aprendió todo lo referente a la impresión y también a la edición de libros, gracias a la sagacidad del depredador de Johann Fust, el que prestó el dinero al señor Johannes para financiar su empresa.
Al año siguiente, el jefe presentó la Biblia de Gutemberg debidamente acabada, las iniciales iluminadas a mano por un experto profesional y rubricada a mano después de impresa. Una primera obra que dio paso a 158 ejemplares en los tres siguientes años y a la ruina económica de Gutemberg, quien finalmente vio realizados sus más íntimos temores al tener que pagar una considerable deuda contraída con Fust con la entrega de su maravilloso invento.
Lo que el viejo Johannes ignoraba es que Peter, su empleado fiel, había contraído matrimonio con Christine Fust, convirtiéndose en yerno del hombre que le arrebató su razón de vivir y su prestigio profesional.
-Lo mejor de todo es que yo gané todo lo que él perdió… ¡Pobre viejo!- De su boca salió una mueca torcida cargada de maldad.
Años después y, tras intentos de reanudar su actividad impresora, el viejo Johannes moría en la más absoluta pobreza, aunque consiguió que la Historia le reconociera como el inventor de la imprenta de tipos móviles que daría paso a la edición de libros tal y como ahora la conocemos.
Etiquetas:
Mar
¿QUIÉN......
¿QUIÉN LA DEFENDERÁ DE SU BELLEZA?
¿Quién es el que forzado a ti me llevaAy de mí, ay de mí, ay de mí,Atado y preso que no libre y suelto?Si me has encadenado sin cadenasY sin brazos ni manos me sujestas¿Quién me defenderá de tu belleza?
Miguel Ángel Buonarroti (Rime 1,7)
Llevaba toda la vida apretando caricias que se escapaban de sus manos al abrirlas buscando cuerpos que no eran el suyo. Llevaba toda la vida recibiendo besos que acababan durmiendo en el cajón de la ropa. Llevaba, en fin, toda la vida atesorando fracasos. En sus treinta y tres años de existencia había conocido a varias mujeres, se había desvivido por unas cuantas y se había enamorado de algunas más. Y entonces llegó ella, para desordenar su aburrido mundo.
La conoció en una cena de trabajo, ojos verdes, pelo oscuro, no muy alta, preciosa sin lugar a dudas. En un instante cayó cautivada por aquella sonrisa de niña que iluminaba su rostro. Y un buen día se descubrió sonriendo ella también sin motivo alguno. Aún recordaba las primeras caricias tímidas, el placer de explorar la piel deseada, tan delicada al tacto. Conquistar su ombligo con la punta de los dedos, paladear el sabor de su boca, descubrir el olor de su cuerpo, resbalar por su cuello hasta acabar en sus pechos. Esos recuerdos aún concitaban en su epidermis todos sus sentidos fascinados. Pasó una semana, y luego un mes, y así hasta un año. Pero una noche se rompió el hechizo, y la chica de ojos verdes se dio cuenta que en vez de haber estado durmiendo con la princesa, lo había hecho con la rana.
Pensaba en ello mientras hacía un pequeño equipaje para viajar a París. No quería seguir llenando el resto de sus días de recuerdos, quería comenzar a crear la vida que luego sería pasado. Metió en la mochila un par de vaqueros, alguna camiseta, aquella libreta de tapas azules, en la que había comenzado a escribir, un libro y se dirigió al aeropuerto. El vuelo fue corto, con un pequeño sobresalto en el aterrizaje. Cuando un avión aterriza uno no llega a su destino sino al espacio neutro de la terminal de llegadas y allí se dejó llevar por la multitud que subía por las escaleras mecánicas hacia la salida. Cogió un taxi y se dirigió al hotel. Se duchó, tomó un café rápido y salió a la calle.
París es una ciudad hermosa pero esta vez no eran sus calles lo que quería recorrer, sólo quería alejarse del bullicio de los turistas. Quería pasear por el cementerio de Montmatre, por sus arboledas, sentarse en un banco e imaginar a su lado su adorado Stendhal, experto como ella en amores fracasados. En los cementerios franceses hay más vida de la que parece y tal vez, cuando se cerrara la noche, Adolphe Sax interpretara al saxofón una composición de Berlioz para que Nijinski bailara. Y quizás, Degas sacara sus pinceles e inmortalizara la escena. Nunca había querido que la enterraran al morir pero viendo la grandeza de aquellas tumbas se replanteaba la idea. Siempre había deseado una incineración y no quería que sus cenizas fueran depositadas junto a un árbol, ni lanzadas al mar. No. Quería que las tiraran por el inodoro. Imagínense la estampa, sus seres queridos llorando junto a la taza del váter.
Al día siguiente pensaba pasar por alguna de las librerías de viejo de la ciudad. No buscaba un libro en concreto, prefería que el libro la encontrara a ella.
- Ojalá existieran esos libros mágicos en los que se puede cambiar el pasado.- Pensó al abandonar el cementerio.
Si existieran intentaría borrar aquella noche en la que no fue capaz de besar sus labios por última vez, en la que quiso explicarle tantas cosas y las palabras no salieron de su boca, siempre le fue más fácil escribir que hablar. Pero el pasado no se puede cambiar, solo le quedaba apelar al futuro. Tal vez habría una segunda oportunidad. Porque sino ¿Quién la defenderá de su belleza?.
La frase: LLevaba toda la vida apretando caricias
Etiquetas:
yolanda
VOLAR ES CUESTIÓN DE FÍSICA,EQUIVOCARSE HUMANO
VOLAR ES CUESTION DE FÍSICA, EQUIVOCARSE HUMANO
Felicitas Martín estaba haciendo algo tan banal como asistir a una conferencia del Max Planck Institut en la Casa del mar de Alicante, donde Oriol Sirac explicaba los misterios y paradojas de la física cuántica. Hacía seis años exactamente que su vida había dado un vuelco y el causante de ello estaba de pie en uno de los laterales de la sala, concentrado en las palabras del orador. Con su inseparable camisa de cuadros y su pantalón claro con la raya bien planchada, Eduardo Izquierdo era uno de los ponentes invitados. Su fisonomía no había cambiado en estos años, cejas pobladas y un pelo ligeramente cano seguían siendo sus señas de identidad. Oriol Sirac había concluido su intervención y Eduardo se dirigió a la tarima con paso firme, nunca dudaba, era uno de esos engreídos sin escrúpulos que solo guardaban fidelidad al dinero, se creía especial. Ajustó los micrófonos, dio un rápido vistazo a la sala y la vio. Ella no pudo rehuir la mirada de aquellos ojos bicolor, inconfundibles, que seguían siendo fríos e inquietantes. Él, tras un instante de duda, movió ligeramente la cabeza, fijó la vista al fondo de la sala y comenzó su oratoria con una ligera sonrisa, casi una mueca, que puso en tensión su rostro. Felicitas, en realidad, no había pensado quedarse a escucharlo pero, porque no admitirlo, la curiosidad la había hecho permanecer allí cuando los aplausos dieron paso a Eduardo. Al tiempo que oía la intervención, recordaba aquellos años en los que ambos trabajaban en el centro de investigación de Flugroute Corporation desarrollando aleaciones de aluminio. Felicitas era la jefa del departamento, había sacado cinco décimas más que Eduardo en la prueba de acceso al puesto. Él no llevaba nada bien ese asunto, por eso cuando se destapó el caso de los vertidos ilegales hizo todo lo posible para culparla. La jugada le salió redonda, ella acabó en la calle y él ocupando su despacho. Mientras Felicitas clavaba sus ojos en Eduardo, su cerebro emitía a toda velocidad un informe sobre la forma más factible de vengarse.
No esperó al cóctel, salió de la sala y enfiló el coche por la Avenida de Loring hacia su casa. Veinte minutos después estacionó en el garaje de su adosado. Entró por la puerta de la cocina, se sirvió una copa de vino y con ella en la mano se dirigió al salón. Encendió el equipo musical, necesitaba relajarse, Michael Bublé y su versión de Feeling good lo invadieron todo. Recorrió la casa hasta llegar a su despacho y cogió las llaves del sótano, antes de salir se detuvo un instante a contemplar la fotografía de Neil Amstrong pisando la luna que colgaba junto a la puerta. En el sótano, una pizarra repleta de números y un extraño artilugio la estaban esperando. Se le hizo de día entre fórmulas químicas, vectorizaciones de empuje y ecuaciones de Euler pero esta vez creía haber solucionado el problema de los propulsores. Llevaba tiempo intentando mejorar el cinturón cohete, un par de ajustes más y la autonomía de vuelo sería suficiente para ejecutar su plan. Miró el reloj, era temprano, todavía tenía tiempo para tomarse un café y darse una ducha rápida. Trabajaba en las vetustas instalaciones de un instituto de secundaria de Alicante, impartiendo clases de física. Felicitas era una profesora brillante sobre la cual se habían desatado algunos rumores. Era una mujer joven y solitaria, sin grandes amigos, de largo pelo rubio. Se trataba de una persona perspicaz, ordenada, racional, poseedora de una mente analítica y una extraordinaria capacidad para el cálculo, cualidades imprescindibles para una física cuántica. Años atrás jamás hubiera pensado dedicarse a la enseñanza pero ahora ejercía su labor con pasión, intentando cautivar a sus alumnos.
Durante las semanas siguientes se dedicó trazar un plan para acceder a las oficinas de Flugroute Corporation situadas en la zona noble de la ciudad. Pilotaría el cinturón cohete hasta allí, aterrizaría en la azotea y después se descolgaría por la fachada hasta la oficina principal. Cogería prestados algunos documentos relacionados con el vertido que originó su despido y se los entregaría a la prensa. Había planificado el golpe concienzudamente. Conocía cada rincón de aquel edificio, los horarios de entrada y salida del personal y el sistema de seguridad no le supondría ningún problema, había pirateado las claves. Como toda buena física era minuciosa, cuidando todos y cada uno de los detalles, no había pasado por alto ninguno. Todas las posibilidades habían sido analizadas y contaban con una solución. No había lugar para la improvisación. Y lo más importante, el cinturón cohete estaba listo para ser utilizado.
Hacia ya unas horas que había anochecido. Era la noche perfecta sin luna, sin estrellas. Se dirigió al patio trasero de su casa y permaneció unos instantes en silencio cerciorándose que no había nadie en los alrededores. Todo estaba despejado. Vestida con mono negro y pasamontañas se ajustó el casco con visor nocturno, se colocó el cinturón cohete, tensionó los anclajes de seguridad y se puso a los mandos de la nave. Pilotarla era sencillo solo debía manejar los controles de elevación.
Tras unos minutos el GPS avisó que había llegado a su destino. Comenzó a ascender lentamente hacia la azotea en medio de aquella noche de verano, húmeda y calurosa. En el sexto piso pudo distinguir a una pareja discutiendo acaloradamente, entre insultos y maldiciones él se dedicaba a esquivar los objetos que ella le iba lanzando. No podía demorarse, no podía permitirse una distracción, todo estaba cronometrado al milímetro. Pensó que debía encontrarse en uno de los edificios adyacente a las oficinas de Flugroute, así que continuó ascendiendo. Un par de pisos más arriba creyó ver un retazo de piel. Piel suave y desnuda, el cuerpo de un Adonis griego tumbado sobre la cama. Aún teniendo la certeza de que el no podía verla se puso nerviosa, no era una mirona, pero no podía reprimir la tentación de seguir observado aquel torso bien moldeado. Volvió la vista hacia los pisos bajos, la pareja parecía haber dejado de discutir, y comprobó en que piso se encontraba.
- Debería haber encontrado las oficinas ya.- Dijo para sí.
- Mierda, he introducido las coordenadas al revés.- Vociferó mientras comprobaba su GPS.- Estoy en la otra punta de la ciudad.
Miró a su alrededor inquieta, su voz en medio de aquel silencio nocturno podía haber alertado a alguien. Por suerte no había nadie en la calle a esas horas intempestivas. Los nervios le dificultaban pilotaje, perdió el control y comenzó un rápido descenso que se vio interrumpido cuando consiguió volver a tomar el mando. Apenas distaban unos metros del suelo y algo, en los pisos bajos captó su atención. Un tipo daba vueltas por la habitación, se sentaba en la cama, se levantaba, daba otro par de vueltas y volvía a sentarse. Por fin se puso en pie, arrastró una silla, la colocó bajo la luz y desapareció. Unos segundos más tarde volvió a aparecer con una cuerda en la mano, la pasó por la lámpara y la anudó en su cuello. A ella se le heló la sangre, el tipo no podía verla, de eso estaba segura, llevaba ropas especiales, pero aún así tenía sus ojos fijos en ella. Los movimientos de Felicitas comenzaron a responder al pánico. El tipo se disponía a saltar de la silla cuando un grito de terror quebró aquel silencio doméstico resonando durante unos instantes después de extinguirse. Estaba a punto de presenciar un suicidio. Tras una brevísima pausa el grito de terror se repitió, solo entonces el hombre fue capaz de reaccionar. Se quitó la cuerda que anudaba su cuello y se dirigió a la ventana. Felicitas pensó que no había nada peor que presenciar una muerte pero cuando contempló el rostro del hombre supo que estaba equivocada. No había nada peor que el rostro de la desesperación.
PALABRAS: Alicante, pilotar, grito de terror, Felicitas Martín.
Etiquetas:
yolanda
jueves, 1 de julio de 2010
PaRiS siN LuZ
Un domingo más, Mercedes encaminó sus pasos calle abajo hasta un pequeño locutorio al que acudía para llamar por teléfono a su casa. Llevaba cerca de 6 meses en Paris y nuca había traspasado las fronteras del barrio de Montparnasse.
Esas escasas horas de asueto laboral, habían terminado convirtiéndose en una fría losa, una losa de angustia y tristeza que se incrementaba con el paso del tiempo.
Aquella tarde era especialmente espesa. Un incesante conato de lluvia, invitaba a Mercedes al más desgarrado de los desencantos.
Como si de una autómata se tratara, salio de la que casa en la que trabajaba como asistenta, y después de dos trasbordos en metro llegó hasta la plaza de san Michel, en el corazón del barrio latino. Andaba esquivando la inoportuna lluvia, las escasas manzanas que le separaban del locutorio al que acudía todos los domingos. Siempre le resultaba agradable charlar con algún conocido en su lengua materna, caer sin remisión en la melancolía y regocijarse en propias y ajenas desdichas. De ceremoniosa forma, esperó hasta las 7 para llamar por teléfono a su familia. A duras penas logró contener la emoción al escuchar a su pequeño al otro lado del teléfono. Pero no, Mercedes no se podía permitir envolverse en una dura capa de nostalgia. Cabizbaja y ausente abonó su llamada y con la mirada perdida se dejó llevar por la estrechas calles del barrio repletas de turistas. Un estruendoso relámpago resucitó a Mercedes de su abandono. Miró a su alrededor, los viajeros corrían en busca de refugio ante la inoportuna tormenta.
Mercedes, desorientada buscó cobijo bajo el deslucido toldo de una librería de viejo. Un anciano descansaba sentado sobre un vetusto sillón orejero color botella a la entrada del comercio.
- Bonne tard.
- Buenas tard.. Bonne tard, contestó Mercedes poco habituada a hablar en la lengua de Moliere.
- Pase y siéntese, dijo el anciano con un curioso acento francés.
Mercedes entró con timidez, esquivando las polvorientas pilas de libros que se amontonaban a su paso.
- ¿Habla usted español? Preguntó Mercedes mientras tomaba asiento en un rancio butacón de terciopelo rojo.
- Bueno más que hablarlo lo leo, afirmo el anciano sonriendo.
Me enseño el idioma un viejo amigo argentino al que conocí ya hace muchos años.
- ¿Argentino? Como yo, replicó Mercedes al tiempo que una repentina e inoportuna emoción le provocaba un nudo en la garganta.
- Y dígame señorita: ¿lleva mucho aquí? ¿le gusta Paris?
- Apenas llevo 6 meses, trabajo de asistenta en Montparnasse, apenas conozco la ciudad.
- Si tuviera 20 años menos, yo mismo me encargaría de enseñársela, afirmo el anciano. Paris es una ciudad preciosa señorita, una ciudad mágica, la ciudad de la luz.
- Eso esta bien, pero en el trastero en el que duermo, apenas llega la luz. Solo salgo de allí los domingos para hablar con mi familia, con mis hijos, dijo Mercedes al tiempo que rompía en un silencioso llanto.
Disculpe señor...
- Francois, Francois Dunlop, contesto el viejo mientras sacaba un impoluto pañuelo blanco de su chaqueta.
- Gracias señor, dijo Mercedes secándose las lagrimas, La luz me hace daño, prefiero vivir en la oscuridad.
- ¿Vivir a oscuras en la ciudad de la luz? Que despropósito Mercedes, afirmó el anciano al tiempo que se despojaba de unas rancias y opacas gafas de sol que cubrían su rostro, dejando en evidencia su ceguera.
Nadie debería vivir en la oscuridad.
- Perdóneme, dijo Mercedes. No sabía que usted era….
- ¿ciego? Replico Francois.
No hay peor ciego que el que no quiere ver, hay tanto por mirar y por admirar… y aunque ahora no pueda ver, lo que si tengo es muy buena memoria, afirmo el anciano regalando a Mercedes una amplia sonrisa desdentada.
- Me ha encantado conocerle señor Dunlop, dijo Mercedes mientras se levantaba del viejo butacón. Tendré en cuenta sus palabras.
El anciano se incorporó para despedirse de Mercedes.
- Como me dijo mi amigo Julio: La esperanza le pertenece a la vida, es la misma vida defendiéndose,
- Muchas gracias por todo, contesto ella estrechando la mano del anciano.
- Mercedes, permítame que le haga un regalo.
Francois cogió un viejo libro que reposaba en un estante cercano.
Aquí tiene.
Mercedes tomó el libro agradecida y leyó el titulo sobreimpresionado en la tapa: “carta a una señorita en Paris”
- Es un regalo de mi amigo Julio, argentino como usted. Me gustaría que lo conservará.
Mercedes se despidió del anciano y salió de la vieja tienda camino del metro, al llegar a la esquina abrió el libro en el que se podía leer una vieja dedicatoria escrita a pluma:
“Para mi gran amigo Francois, nunca pierdas esa luz”
Julio Cortazar 1963.
Etiquetas:
Dr.Magenta
Donebastian
En el año de nuestro señor 288, un soldado romano, halló la muerte. Había llegado a ser jefe de la primera corte de la guardia imperial pretoriana, pero su condición de cristiano, le llevó ante el emperador Maximiano. Este, mandó que cayeran sobre él innumerables flechas. El soldado sobrevivió y regresó ante el emperador para maravillar al pueblo y desacreditar el poder del Cesar. Aquel soldado murió definitivamente a base de latigazos, y pasó a ser conocido, como San Sebastián mártir.
En los siglos sucesivos se construyó un monasterio en la región de Izurum, sus monjes, aterrorizados por la peste, se encomendaron al santo San Sebastián, quien había sobrevivido a una lluvia de flechas, para que les protegiera. El monasterio fue bautizado con su nombre, y años más tarde, lo sería también la ciudad.
-Mi señor abad, han llegado nuevas de la cuidad de Kaffa. Los tártaros sufrieron un brote de peste durante el asedio, y las bajas las lanzaron en catapultas dentro de la ciudad. ¡Los genoveses acabaron rindiéndose señor abad, la peste les afectó también a ellos, se contagiaron con los cadáveres!
-Fray Luar, ¿qué pretendéis decirme con tan enmarañadas explicaciones? ¿Qué habéis vuelto a hablar con vuestros amigos Franciscanos? ¿Qué han vuelto a enturbiar vuestra mente con sus sacrilegios científicos?
-En absoluto mi señor abad, lo que digo, (dijo con gesto de reverencia), es que parece haber una relación directa entre los cadáveres y el contagio de los genoveses.
-Los genoveses podrían haber estado ya contagiados antes de recibir los cadáveres de sus enemigos.
-Pero Reverendo Padre, hacía años que en Génova no se registraba ningún caso, y los supervivientes juraron que el contagió se produjo después de que les llovieran los cadáveres de esa forma tan aterradora.
-Muy bien Fray Luar, ¿A dónde queréis llegar?
-Mi señor abad, de sobra echamos de ver las cualidades purificadoras del fuego.
El abad enderezó la columna, se hizo más alto y esbelto de repente, giro lentamente la cabeza hacia Luar y le miró de forma intensa con semblante severo. Luar continuó:
-El fuego lo usamos para combatir el mal. ¿Y no es pues la peste un castigo de Dios al hombre, por haberle dado la espalda? Es entonces nuestro deber combatir ese mal como lo es combatir al maligno. El fuego es nuestra arma, si lo usamos para quemar cadáveres y ropas, podremos detener la peste para que no acabe con nuestro San Sebastián.
-Fray Luar, vuestras palabras están llenas de demencia y blasfemia. Venís siempre a mí con ideas ridículas. Si vuestro padre no fuera amigo del obispo, hace tiempo que os habría…
Sus miradas se cruzaron en el pasillo. La de Luar era ingenua y sumisa, la del abad era directa y amenazadora.
-Dirigíos a los rezos y luego a vuestros aposentos para reflexionar sobre la gravedad de vuestras palabras.
-Si Reverendo Padre.
Un mes después se produjo un incendio que consumió todo San Sebastián, pero que detuvo la peste y en el que murió el monje Luar. En los siglos sucesivos otros cinco incendios quemaron por completo la ciudad. Los brotes de peste finalmente remitieron, y la ciudad fue reconstruida en piedra, y no en madera.
Etiquetas:
Pablo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


