martes, 18 de mayo de 2010

Pañuelo rojo


Allí estaba ella, la loca de la casa… inquieta.. reia sin parar, sus movimientos eran incesantes, bailaba, saltaba de sofá en sofá… era como una niña que iba a hacer una nueva travesura .
Llevaba uno de esos grandes pañuelos que las mujeres utilizamos para tantas cosas …y que con un movimiento de manos puede convertirse en infinidad de objetos diferentes… un vestido, un sombrero , una alfombrilla donde hacer yoga, una mantita para dormir la siesta o algo donde agarrarte cuando te sientes sola o perdida.
Ese día lo llevaba puesto en el cuello para dar color a su cara, se sentía más atractiva con el , y eso parecía darle la seguridad que necesitaba ante una cita inesperada…
El deseo ocupaba todo el aire
ella con su ancestral disimulada timidez, se quitó rápidamente la ropa... si no lo hacía así, le resultaría imposible hacerlo más tarde…, con la misma rapidez … en un instante, su cuerpo estaba cubierto con la piel suave de su pañuelo .
Así comenzó el encuentro…
Se despojaron de sus pieles de colores y dejaron fluir el calor de su propia piel .

lunes, 17 de mayo de 2010

Gracias por su visita

De cara al espejo, Miguel peinaba con delicadeza el ya ajado cabello de Clara, al tiempo que comentaba con entusiasmo los progresos de su pequeña en sus clases de danza. Hablaba deprisa, sin dejar de mirar el espejo, esperando alguna reacción a sus palabras en el rostro de la anciana.
Cuando terminó, sacó de su cartera una pequeña fotografía.
- ¿A que es guapa? le pregunto.
- Muy guapa, contestó Clara al tiempo que esbozaba una sonrisa.
Un liguero, aunque delatador brillo amaneció en los ojos de Miguel que conmovido intentó disimular mientras se ponía la chaqueta dispuesto a marcharse.
- Adiós mama, le dijo después de darle un largo beso en la frente.
Clara dibujó una preciosa sonrisa en su cara que Miguel se apresuró a congelar en su retina.
Ya en la puerta, Miguel escuchó como un ligero balbuceo, surgía de la boca de la anciana. Rápidamente se acercó hasta ella y arrodillándose le preguntó:
- ¿Decías algo mama?
Clara, le cogío de la mano con la ternura con la que solo una madre puede hacerlo y mirándole a los ojos le dijo:
- Buenas tarde señor y Gracias por su visita.

sábado, 15 de mayo de 2010

Muerte en el callejón.



Chica joven, veintipocos; rubia con los ojos color miel, desnuda de cintura para arriba y… tendida boca arriba en la oscuridad.
Estaba en mi casa coqueteando con una botella de bourbon cuando me llamaron. Cogí mi arma, mi placa, la vieja gabardina y por supuesto; los cigarrillos. Llegué a la escena del crimen tarde, como solía ser habitual. Aguanté los gritos del jefe mientras me arrancaba el pitillo de la boca, y cogí el café que me ofrecieron, en un vaso de cartón. -Maldita sea, que bueno estaba ese cigarrillo.
Me acerqué al cuerpo con mucho cuidado de no contaminar la escena, tal como me gritaba el jefe desde el otro lado del callejón. Aquello parecía un after, con tantos flases de curiosos y policías científicos; que no paraban de cegarme. Sin soltar aquel café infecto, me acuclillé junto a aquella chica sin percatarme de que mi gabardina se estaba metiendo en un charco. En su bolso encontré cerca de doscientos dólares, una barra de labios, muchos condones y ninguna identificación. No tenía signos de haber sido violada ni golpeada, y tan solo encontré un orificio de bala en su sien. Su blusa, o camiseta, o short, –(¿Por qué tiene que ser tan complicada la ropa de las mujeres?) o lo que fuera que llevase, no estaba por allí cerca. Tal vez esa fuera la clave, pero de momento nada. De cintura para abajo llevaba una minifalda y unas medias de rejilla parcialmente rotas. Sus botas estaban cerradas con un imperdible, y una de las hebillas pegada con pegamento. Le aparté el pelo con el boli, no cabía la menor duda, aquella chica era preciosa y seguramente prostituta.
Me aparté un poco de la chica mientras me terminaba el café, y notaba como me venía ese dolor de cabeza que acompaña a la prematura resaca. Entre un par de eructos y dolores de acidez en el estómago pensé en ella, y en cómo el robo no parecía ser el móvil. Tampoco parecía un calentón de bragueta. Tal vez un ajuste de cuentas o peor aún… un asesino en serie. Mis compañeros murmuraban entre sí: -(una prostituta muerta… a quién le importa). La policía es vaga, y lo único que querían era darle carpetazo al asunto para poder volver con sus amantes.
En ese momento llegó la orden del juez para levantar el cadáver, los otros polis se dirigieron a sus coches y yo fui junto a ella para echar un último vistazo. Los del departamento forense la pusieron de lado para meterla en la bolsa y entonces, sorpresa. La suave piel de la espalda de aquella chica tenia escrito a cuchillo: muelle 12. En ese momento mi jefe llegó corriendo y dijo:
-Han encontrado otro cuerpo en el puerto.
-No me lo diga jefe, es otra chica parecida a esta y está en el muelle 12.
-Si, ¿Cómo lo sabes?
Me puse en pie y encendí un cigarrillo; iba a ser una noche larga.

Muerte en el callejón II



La trallada que solté antes de entrar, no me ayudó a ganarme el respeto del novato, pero con lo nervioso que era tampoco iba a influir demasiado. El efecto del burbon desaparecería del todo en breve.
Entramos en el local, luces tenues para que los clientes no pudieran distinguir las señoras feas de las muy feas. Me acerqué a la barra para pedir una botella de agua mientras la cara de pánfilo del novato atraía a las más juguetonas. La Madame vino enseguida, por su mirada supe que era una mujer curtida por las tablas de la vida, y que no necesitaba tarjeta de presentación para saber, de modo que oculté nuestra profesión y pregunté:
-Verá, aquí le traigo a mi sobrino para que me lo espabile un poco, ¿comprende? Me han dicho que Marissa podría darle un buen servicio.
La mujer me miró de arriba abajo sin creer una sola palabra de lo que le decía y continuó:
-¡Ah! Si si, además está libre ahora, si es tan amable dígale a su sobrino que me siga.
El chaval acojonado me dijo que de que iba todo esto, yo le dije que subiera y le sacara toda la información que pudiera a Marissa a base de polvos, y que se callara la boca de una puta vez. El chico obedeció de mala gana y yo me quedé en la barra con mi botellita de agua observando y esperando. Llevar a un compañero, por muy atontado que estuviera, me iba a venir bien al fin y al cabo. Algo me decía que aquella puerta, la del fondo del pasillo, la que llevaba observando desde que me senté en este taburete, escondía algo más que otra habitación. De estar equivocado, al menos mi compañero, nervioso pero bien recomendado, preguntaría a Marissa por la chica del muelle y ella… le relajaría. Cuando la Madamme volvía de acompañar al novato, la vi entrar por aquella puerta. Media sonrisa y un Winston, aparecieron en mi boca.
Al cabo de unos 20 minutos vi salir por aquella puerta a tres tipos, uno de ellos muy bien vestido y los otros dos con cara de pocos amigos. Había habido suerte, algo se tramaba en aquel lugar y si mi compañero no se retrasaba, lo averiguaríamos. Estuvieron en el otro lado de la barra charlando y riendo entre ellos, echando el humo de sus cigarrillos con la boca mientras sus ojos me miraban desafiantes. Le dijeron algo al camarero y salieron del local. Mi compañero bajó, claramente más relajado, y me dio un papel donde había anotado un número de teléfono que le dio Marissa.
-Buen trabajo chico, cuando esta noche acabe te dejaré que me invites a un trago, o a un alka-seltzer, ya veremos. Han salido tres tipos, sigámosles.
Salimos de allí, yo con mi botella de agua y mi compañero con un poco de nostalgia. Les vimos a lo lejos, a unas 2 manzanas; cuando doblaron la esquina fuimos hacia ellos. Al llegar, maldita sea mi suerte, nos estaban esperando. Los dos secuaces tenían las manos por debajo de la chaqueta, y el trajeado empezó a preguntarnos cual era nuestro interés por Marissa. Voz firme, tono suave y acento ruso; nada comparado con el pedazo de cañón que uno de sus hombres sacó de repente de su axila. Grité:
-¡Adam!
Era la primera vez que llamaba al novato por su nombre. Arrojé la botella de agua a la cara del trajeado, me llevé la rodilla derecha al pecho al tiempo que llevaba la mano a ese tobillo, accioné mi arma secundaria e impacté en el pecho del hombre del cañón. Caí al suelo y mi compañero y don traje caro sacaron sus armas, el segundo secuaz dio a mi compañero, yo alcancé al trajeado y me revolví para evitar los disparos del que quedaba, con el arma ya fuera de la funda, cruzamos unos cuantos disparos, hasta que por fin lo tuve enfilado y le alcancé un par de veces. Confirmé que los tres estaban muertos y fui hacia mi compañero; dos respiraciones entre-cortadas y luego nada. No eran ni las 2 de la madrugada y ya habían 6 cadáveres en la ciudad.
Mientras oía las sirenas de la policía, miré el pedazo de papel con el número de teléfono, y eché otro vistazo al rostro de mi compañero. Con la mano temblorosa… eché mano de un pitillo… y le prendí fuego.

GEMA


Los aromas de la noche de Agosto me llevaban a aquella escalera de caracol donde la vi por primera vez. Pelirroja, natural, pero no era de estas pelirrojas que no son para nada guapas o como mucho del montón, ella tenía un rostro angelical de facciones suaves pero bien definidas. Tenía el pelo largo y liso, recogido de tal forma que sus puntas hacían un abanico detrás de su cabeza. Su vestido, elegante a la par que sencillo, de tirantes finos que dejaban al descubierto esos pálidos y preciosos hombros; daban junto a su peinado esta estudiada combinación que dejaba al descubierto un cuello precioso y delicado, no demasiado largo. Su vestido si era largo, y con un corte hasta medio muslo que dejaba ver unas delgadas piernas desnudas; verde, de un tono suave que hacía juego con el esmalte de sus uñas, y sus ojos. Joven, era hermosa y delicadamente joven. Tuve que hacer un esfuerzo para no mirarla fijamente. No quería que notara mi presencia; quería que siguiera deslizándose sobre el mármol, contemplando con sus enormes ojos, deleitándose con la fiesta al igual que yo me deleitaba con ella. Estaba sola. Con la palma hacia arriba sostenía delicadamente una copa de Martini entre sus dedos. A veces se la pasaba de una mano a otra, contoneando levemente la cadera. Su sonrisa, casi me choco con un camarero que llevaba la bandeja llena de copas por mirar su sonrisa. Era preciosa sencilla y arrebatadoramente preciosa.
Sabía pasar desapercibida y ser discreta, solo Dios sabe cómo, lo que me permitió acercarme a hablar con ella sin que nadie nos mirase. Hablé con ella y paseamos por la sala. Yo sabía su historia, la conocía… totalmente. De este modo pude construirme a mí mismo, cree un personaje para mí, que fuera creíble e interesante para ella. Me sentí mal por estar mintiéndola, pero quería conocerla. Al fin y al cabo yo no estaba allí por ella, cuando llegara su acompañante debía matarlo, y era mejor para ella no saber nada. Me acerqué grácil a su oído y rozando suavemente su cintura le dije: hasta pronto, debo ir a saludar a alguien. Inspiré su aroma, fresco y suave, como ella. La dejé allí terminándose el Martini y me dirigí a las escaleras. Allí me crucé con mi objetivo, alguien que sin duda no le convenía, el propio padre de la chica me enviaba a matarle. Al pasar por mi lado, le di un toquecito en la espalda. No notó la aguja de mi anillo, su veneno le causaría una muerte rápida y asfixiante y después… ningún rastro.
Volví a la fiesta y pude ver como la joven recibía con un fuerte abrazo a su amado, él comenzó a sentirse fatigado enseguida, lentamente fue perdiendo verticalidad hasta caer al suelo en brazos de la joven, ella le sujetó firme y entre lágrimas le vio marchar. No llores mi dulce princesa, no llores, por él no.

viernes, 14 de mayo de 2010

Balcones

Los balcones, son funcionales a la par que bonitos. Son imprescindibles, al menos para mí. El bacón, te informa, te enseña, te divierte y en ocasiones sirve como refugio a las emociones más intimas.
Andaba yo disfrutando de una tarde de verano, es decir perdiéndola delante del ordenador con un ventilador a dos palmos de la nariz, cuando de repente un sonoro estruendo me despertó de mi efímero duermevela. Rápidamente escapé de mi zulo y me asomé el balcón, donde pude comprobar que realmente el estruendo estaba justificado. Un vehículo le había pegado un golpe a una moto, dos jóvenes heridos, tendidos en el suelo. Nada grave digno de arrancarme de la pantalla de mi ordenador, a no ser por otro espectáculo que paralelamente se estaba desarrollando bajo mí casa. Aquel bacón era como un palco en el Liceo.
Frente a mi un gran espectáculo, un autentico panal de balcones se erguía orgulloso haciendo frente al tiempo.
Cada bacón era un mundo, es un mundo. En cada bacón hay una historia digna de ser escuchada. Asomaros al bacón o ventana de vuestra casa y ejercer durante unos minutos de improvisados voyeurs dignos de ser dirigidos por el mismísimo Alfred Hitchcok. No os quedeis con lo superficial, atravesar esa capa de cemento e inventar su vida durante unos minutos.
A mi izquierda, una anciana en combinación, recriminaba a su marido el hecho de salir al bacón así, en calzoncillos, además de los auténticos, los de pata de elefante.
En el balcón de al lado, tuve que hacer grandes esfuerzos para conseguir ver a una pareja de ecuatorianos que apenas llegaban a la barandilla.
Al otro lado, y presididos por un cartel ya descolorido del “No a la guerra” dos melenudos se pasan un porro con discreción.
Frente a ellos y como si de un concurso de balcones adornados se tratase y protegidos por una bandera del arco iris, una pareja gay (uno de ellos no deja de hablar por el móvil) contempla el singular espectáculo con corrección, una políticamente correcta corrección.
El bacón de los chinos también es un mundo, mientras observan con atención no paran de trabajar doblando los manteles que tienen colgados en un balcón reconvertido en espontáneo lavadero.
Por supuesto no podía olvidarme de un personaje imprescindible en toda coral de balcones, por supuesto él autentico tío paco con barriga cervecera y pantalones cortos con estampado a flores, sandalias y lo más importante con algo en la mano derecha. Un tío paco se aburre en vacaciones y tiene que hacer cosas, nos se... hacer paellas, hacer reformas en la casa, quitar los rastrojos del jardín...no importa, hay que ponerle algo en la mano para que se entretenga, mejor que no piense. A falta de deportes televisados cualquier balcón es bueno.
Por último y a escasos metros de mi edificio tres aspirantes a yoco Ono, comparten metro y medio de barandilla y 70 m2. Imprescindible una bicicleta en el bacón. Del interior de la vivienda surge una música espantosa que supuestamente tendría que relajar pero que en realidad estresa. Los únicos momentos en los que no se escucha la música es cuando su perrito Lennon estaba ladrando como un poseso, Lennon es feo y lleva un pañuelo al cuello, ah y no tiene correa porque a ellas les parece castrante.
El tiempo ha pasado volando y cuando me he ido a dar cuenta , los habitantes de los balcones, volvían a su vida de comedor y mando a distancia. Y de repente estoy aquí, escribiendo.
Asomaros a vuestros balcones, y decidme ¿qué es lo que veis?

Altar de ausencias

Postrado frente a mi altar de ausencias, me acompañan los retratos enmarcados de los que ya no están.
Junto a ellos, un pequeño jarrón de incierto origen y de opaca transparencia, ondea con nostalgia un par de flores secas.
A modo de santoral recorro con la mirada mi particular retablo. La mera visión invita al recuerdo.
Un viaje al pasado, un duelo con la memoria perdida y siempre selectiva.
Bailo con la cabeza apoyada sobre su pecho, marcando los pasos al ritmo de los sonoros latidos de su corazón.
Cierro mis ojos dejándome llevar mientras le echo un arriesgado pulso a la memoria.
Evoco en la oscuridad recuerdos organizados de caótica manera.
Una espontánea sonrisa crece en mi boca al tiempo que, como si de una furtiva lágrima se tratase, uno de sus ajados pétalos se desvanece lentamente.
No quiero volver a abrir los ojos, quiero seguir bailando con el dulce balanceo de la nostalgia.
Déjame envolverme bajo el manto del recuerdo.
Déjame vivir en el engaño.
Déjame volar con las alas de la locura.
Déjame soñar….