lunes, 13 de junio de 2011

Alfred Twice




Alfred Twice era un hombre de 40 años, bien parecido, con un atractivo perfilado a base de un pelo gris peinado, o más bien despeinado, a base de cera. Un rostro rasgado por unas arrugas suavizadas por la diaria mascarilla facial, y un delgado cuerpo torneado suavemente en el gimnasio.
Alfred, o Mr. Twice como le llamaban en la oficina, era el presidente de un banco, cuyo nombre hoy día, parece más prudente omitir. Tenía su sede original en la anteriormente conocida como “Torre Norte”, en Wall Trade Center. Tras el desastre del 11 S, el banco tuvo un duro revés, que intentó amortiguar con la creación de unos productos financieros constituidos, en gran parte, a base de deuda. Una deuda de alto riesgo, y con una letra pequeña muy pequeña, y muy optimista. Finalmente todo salió bien y tanto el banco como toda la sociedad americana vivieron unos años de crecimiento económico, y bien estar social.

Pasados unos años, las consecuencias de la letra pequeña comenzaron a aparecer. Numerosas empresas entraron en quiebra, el paro subía vertiginoso y los bancos, los bancos como el de Alfred, ya no daban créditos. Era oficial, la crisis financiera de 2008, como después se la conocería, había comenzado.
El primer día que Alfred vio como la bolsa caía en picado, estaba en su despacho, conectado por router con el parquet de New York. Al ver la pantalla, tuvo un infarto cerebral, y hubo de ser llevado de urgencia al Fountain Pen Hospital, cerca de Wall Street, donde estuvo ingresado varios días. Finalmente fue dado de alta con un cuadro de ansiedad, y se le recomendó no volver al trabajo en una semana.
Alfred, decidió apartar de su mente el sentimiento de culpa que llevaba macerando estos últimos años, para volver a relajarse y volver a retomar su vida, lo antes posible. Para ello se autoimpuso seguir despertándose a la misma hora todos los días, y pasar las mañanas en el gimnasio. La primera mañana, se sintió fatigado. Lo atribuyó al stress y no le dio importancia. La segunda mañana fue peor, y la tercera peor todavía. Se despertaba muy cansado, y cayó en la cuenta, de que no recordaba cómo había llegado hasta la cama ninguna de las últimas tres noches. También encontraba restos de maquillaje en sus manos, y en la almohada…
En los informativos del medio día, tenía que hacer malabares con el mando a distancia para esquivar las noticias sobre la crisis, y no sufrir así, ningún brote de ansiedad. De esta forma, viajando entre canal y canal, llegó a un informativo de sucesos donde se decía que en las últimas tres noches, se habían cometido tres asesinatos cerca del Soho. Todos eran hombres de mediana edad, de buena posición, y tenían el pelo pintado con spry plateado y el rostro maquillado, por lo que los periodistas no tardaron en llamar al asesino, El maquillador.
Esa tarde, el atormentado Alfred Twice, salió de su casa con pasos sin rumbo, y llegó hasta Thompson St, donde un joven, con gestos de rapero, se le acercó enseguida al grito de:
-¡Fredy! ¿Cómo estás tío? Lo de anoche fue brutal, tenemos que repetirlo. Eres el puto amo man. ¡El puto amo!
Alfred, se alejó de él asustado y continuó la marcha intentando escapar, intentando encontrar refugió, de algo, que ni él mismo comprendía. Dobló la esquina con Spring St. Y tuvo que pararse a respirar acuciado por la ansiedad, y un sentimiento de desfallecimiento, cada vez más inminente…
A la mañana siguiente se despertó, más cansado aún si cabe, con la cabeza embotada y sin recordar nada de la noche anterior. Fue al cuarto de baño. Se miró al espejo, y cuál fue su sorpresa al descubrir su rostro maquillado de forma torpe, acentuando sus rasgos. Rápidamente abrió el armario de las medicinas, donde guardaba las pastillas para la ansiedad que le habían dado en el hospital, y entonces, encontró unas fotos hechas con una polaroid. Cuatro hombres, cuatro rostros que se asemejaban al suyo.
Las fotos cayeron al suelo y en el espejo apareció otro rostro. Era el suyo, aunque no lo reconocía. Olvidó las pastillas y con agua limpió-arañó su cara. Se quedó con la cabeza baja, y los ojos cerrados… Su respiración había vuelto a la normalidad. –No es culpa tuya Alfred. No es culpa tuya. Es culpa de ellos, de esos que se parecen a nosotros, ninguno tuvo el valor para hacer lo que era necesario. Solo tú. Pero tranquilo. Yo te protegeré. Les haremos pagar a todos, por ser unos cobardes que no se atrevieron a dar el paso.
Y mirándose al espejo con una siniestra sonrisa, Mr. Twice se dijo:
-Venga Alfred, vamos a por el quinto.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Avanzando día a día, me gusta, tu escritura está transformándose,Perni está creciendo...

Felix Foxtrot dijo...

Parece que te haya salido sin pensarlo, es redondo y me gusta

Mo dijo...

"Este chico promete" (Expresión viejuna, viejuna...)

Pablo dijo...

Ojalá me hubiera salido sin pensar Felix!! Me he devanado los sesos al escribirlo!! Y no me convence mucho el final... Pero gracias a todos por los comentarios!!