viernes, 10 de septiembre de 2010

Batalla de Flores



Encontré a Carmen en La Alameda,cerca del Palacio de Ripalda, era el día de la Batalla de Flores tan solo teníamos 13  años, su pelo no era de color rojo, tampoco el mio era rubio..
Estábamos en el principio de una cómica adolescencia,  nuestros primeros tacones cubanos  y con nuestra niñez muy evidente ,aunque nosotras nos sentíamos muy mayores.   Comenzaron a pasar las carrozas lanzando  flores. En poco tiempo estábamos rodeadas de flores de múltiples colores, empezamos las dos a llenar nuestras manos y a lanzarlas con fuerza sobre los que estaban cerca de nosotras, allí estaba permitido tirarlas cuerpo a cuerpo, las dos eramos rebeldes aunque aún no sabíamos bien por qué causa y arremetíamos con fuerza lanzándolas como si fuera una verdadera batalla campal .
Nuestras risas eran de las que no podían parar. Terminamos tirándonos flores una a otra; en ese momento sentíamos que la Batalla de flores había sido creada solo para nosotras...esas risueñas meonas que al finalizar la fiesta habían dejado un charco alrededor de la fuente de la Alameda.
MO

UnA FaLLeRa En La LuNa

Dicen que es de bien nacido ser agradecido, y sin duda alguna Amparin lo era cuando en pleno mes de julio, y con un calor sofocante, decidió vestirse de fallera a fin de agasajar a los invitados de sus padres en la recepción que estos celebraron coincidiendo con las fiestas patronales de Denia, donde residían desde que su padre tomó posesión como alcalde de esta bonita localidad.
Amparin, siguió las indicaciones de su madre, y se dedicó a impostar durante la velada una ortopédica sonrisa a todos los invitados que aquella noche se encontraban en el paseo marítimo. El Ayuntamiento no rearaba en gastos, solo era cuestión de aumentar las contribuciones y la ocasión lo merecía.
Como final de fiesta, media docena de correfocs se hicieron paso entre los asistentes que, poco acostumbrados a este tipo de espectáculos, huyeron despavoridos con la presencia de los primeros cohetes. Todos menos Amparin, que impasible continuaba saludando con una mueca de horror disimulada por su eterna sonrisa.
Eran muchas las esperanzas que la fallera había depositado en aquella noche. Aquella velada, aquellos invitados, podían hacerla llegar muy lejos. Y así fue, cuando en plena orgía de fuego y petardos, un inoportuno cohete terminó enganchándose en uno de los moños de su peinado, provocando que Amparin se elevara con el, hasta perderse, cual estrella fugaz en la noche de Denia.
Mientras ascendía, siempre sin dejar de perder su sonrisa, los allí presentes pudieron escuchar resonando en la oscuridad de la noche, sus últimas palabras:
“Hasta el infinito y mucho más”
Dr.Magenta

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Papá

…Es papá- le dijo mientras le pasaba el móvil para que pudiera hablar con él.

Papá, mamá, quizás dos de las palabras más importantes en el vocabulario de un niño, pensaba intentando vaciar de contenido la palabra papá para que las emociones no se le atragantaran en la garganta…Esa palabra tanto tiempo deseada, todo un concepto arrasado por voluntad propia para que el dolor del vacío no se le apoderase en cada ocasión que era utilizada por ella hacia su hijo, todo un arte del fingimiento en el día a día en que su ausencia era tan presente como evitada, en el que vivir como madre separada y sola debe convertirse en sinónimo de fuerza y coraje porque así es como es la realidad, sin poder permitirse espacios para la nostalgia o el dolor de la pérdida de otro concepto igualmente potente: familia.

- ¡Te quiero mucho, mamá! Le dijo el niño como leyendo sus pensamientos, intuyendo su tristeza, ya crónica.
- Yo también cariño, yo también…

En su cara se pintó una especie de sonrisa suspendida en quién sabe que espacio o que tiempo, seguramente uno mucho más feliz…

Viaje

He visto caras salidas de otro tiempo, caras de Nodo, inexpresivas, carentes del brillo de la inteligencia, caras de campesinos endogámicos, sacadas de la misma tierra como si de tubérculos se trataran, caras analfabetas a su pesar, aunque habituadas a manejarse en las tareas más básicas con la destreza que da la ignorancia.
Rostros secos y arrugados, quemados por el justiciero sol, sin rastros de afeites o de deseos de agradar al prójimo, sin sonrisa, sin mirada cómplice porque el otro es siempre el enemigo, desconfiados, pobres de espíritu, rostros simples de vida simple, vacíos, orientados a sus objetivos sin capacidad de elevarse un ápice de más, con la espiritualidad cubierta del católico vengativo y ruin, hijos de un dios hecho a imagen y semejanza.
Gente mayor, diría que vieja, de lugares estancos con olor a rancio y mentes todavía más rancias que las estancias donde habitan.

…He visto caras que desearía no volver a ver.

martes, 7 de septiembre de 2010

eNTRe Las RoCAS

San Carlos de la Rápita, 20 Agosto 2010
Pasaban los días en san Carlos, y mis vespertinas escapadas terminaron convirtiéndose en uno de los mejores momentos de la jornada.
Salía del apartamento cuando comenzaba a caer la tarde, huyendo del calor, y me dejaba llevar por mis pasos perdidos, entre eternas filas de casas de veraneo, carentes del más mínimos interés.
La carretera ejercía de peligrosa frontera que me abría la entrada al mar. Caminando campo a través por inaccesibles e inhóspitos senderos, que me abrían la puerta a embrutecidas calas, salvajes parajes abandonados a mejor fortuna. En mi última tarde, decidí ejercer de improvisado explorador, para de inconsciente manera, perderme por tan atractivos espacios.
Comencé a pasear siguiendo mis propias huellas, recorriendo zonas por las que nunca había pasado en mi breve estancia en la zona. Una luz parpadeante me advirtió de la presencia de la carretera que dividía aquel término. Crucé con recelo tan comprometida vía, miré a mi alrededor sin ser capaz de reconocer la zona en la que me encontraba, hasta que reparé en un estrecho y desvencijado camino que se perdía en la oscuridad, y que inmediatamente me dispuse a atravesar. Lentamente me fui adentrando en un espeso bosque que cual paisaje después de una batalla, mostraba humillado sus heridas de guerra. Efímeros vestigios de un pasado reciente brotaban esparcidos por un suelo tan inmundo como carente de calor humano.
Media docena de pequeñas casas de campo abandonadas a peor suerte, se repartían a través de aquella tosca extensión. A medida que me adentraba por aquel camino, una impertinente sensación de miedo y desasosiego se hacia fuerte en mi alma.
Las casas, antaño refugio de efímeros veraneos, resistían con esplendorosa decrepitud. Sus puertas, forzadas por ajenas manos, yacían inertes en el suelo. Arrancadas a patadas, cubiertas de cristales, botellas de vidrio y todo tipo de vestigios que daban cuenta de continuos abusos cometidos durante años.
No sin cierta angustia, me acerqué hasta una de ellas. Para acceder, tuve que saltar un mugriento colchón medio quemado que bloqueaba su entrada. Con sigilo, me asomé por el hueco de lo que antes había sido una ventana, a fin de cerciorarme que esta estaba vacía, y entré con recelo a su interior. Una extraña sensación se apoderó de mi con fuerza, una mezcla de frió, miedo y angustia, provocada por un ligero aunque insistente olor a muerte que me mantuvo paralizado en tan inhóspita estancia durante unos minutos hasta que el eco de unas infantiles voces me sacarón de mi efímero letargo. Para cuando quise mirar, solo pude ver a través del hueco de una de las ventanas como dos niños, cruzaban corriendo en dirección al mar.
Me sorprendió descubrir a alguien en aquel entorno, sobretodo tratándose de un par de crios no mayores de 9 o 10 años, y a esas intempestivas horas. Salí inquieto de la cochambrosa casa e intente seguir el sonido de aquellas voces que poco a poco se iban perdiendo en la penumbra del atardecer. No era el lugar adecuado para que jugasen dos niños, ni siquiera lo era para mí. La oscuridad se estaba empezando a hacer fuerte y aquel sitio cada vez se me insinuaba más como el típico lugar al que acuden los yonquis a chutarse amparados bajo inmundos techos, aislado de la carretera, del mundo….
Entre desperdicios, bolsas de platico inquebrantables al reciclado, mugrientos condones quemados por el sol, y alguna que otra jeringuilla enquistada en tierra llegué hasta un pequeño muro por el que se accedía al mar, a través de una deteriorada escalera de piedra, antaño testigo de emotivas jornadas playeras. Antes de bajar por ellas, pude contemplar como los dos niños seguían jugando al tiempo que recogían piedrecillas entre las rocas. Los observé con la atención que la escasa visibilidad me brindaba, hablaban en francés, alemán, quizás… no se, apenas podía escuchar con el ruido de las olas chocando contra las rocas. Me llamó la atención el hecho de que a esas horas de la noche vistieran con bañador, camiseta y unas sandalias de goma como las que recuerdo se llevaban cuando yo tenía esa misma edad. Una inoportuna llamada en mi móvil, provocó que los dos niños alzaran la vista y cruzáramos nuestras miradas durante escasos segundos en los que sus ojos inmutables se clavaron en los míos, con una mirada ausente, perdida y tremendamente triste que a día de hoy no he conseguido olvidar y que esquivé, aprovechando para cancelar la impertinente llamada al tiempo que comenzaba a bajar las escaleras.
Descendí con cuidado, esquivando cascotes, piedras e irregularidades varias hasta llegar a las rocas, donde sorprendido descubrí que aquellos dos niños ya no estaban allí. Recorrí con la mirada aquel reducido espacio sin encontrar rastro de su presencia, insistí atravesando el lugar, las diferentes rocas por las que les había visto jugar. La oscuridad se apoderaba por minutos de aquel lugar, y quise convencerme de que quizás mi imaginación me jugó una mala pasada y que realmente nunca vi. a nadie entre aquellas rocas. Debía irme antes de que me resultará mas difícil llegar a la carretera no sin la inquietud que me provocaba el pensar en el destino de los dos pequeños, si es que estuvieron allí alguna vez. Cuando me disponía a ascender las escaleras de camino a la carretera, algo llamó poderosamente mi atención. El pequeño cubo en el que depositaban las piedras que recogían, luchaba cuerpo a cuerpo contra las rocas. Me acerqué con cuidado de no caer entre ellas, una convulsa ola arrastró consigo el pequeño cubo cargado de piedrecillas en el que se podía leer “Montreal 76”. Le seguí con mi mirada hasta que el mar en su inmensa oscuridad lo devoró.


A duras penas conseguí salir de tan siniestra cala, salir a la carretera y volver a casa. Intenté olvidarme del tema, pero después de una larga y desvelada noche, me lancé sobre el ordenador intentando encontrar respuesta a todas mis preguntas. Investigue en las páginas Web de los diarios locales para ver si daban cuenta de la desaparicion de algún niño el día anterior. Afortunadamente ninguna información se hacia eco de esta noticia, hasta que un enlace, un infortunado enlace sobre el camping de Les Alfaques situado en la misma zona por la que había estado consiguió dejarme helado cuando el termómetro marcaba en ese momento 36 grados.

http://www.mundoparapsicologico.com/142-A_Los-Alfaques-28-anos-de-apariciones-fantasmales-tras-la-muerte-de-216-personas

domingo, 5 de septiembre de 2010

JACINTA GIL RONCALÉS Autorretratos de distintas épocas

  
  Jacinta une su trabajo, pintura ,escritura, creadora y luchadora social, una mujer que hay que conocer y reconocer su gran trabajo.
   Su último libro  de poemas , ESPADAS DE ARENA , no  ha tenido la posibilidad de editarlo, es una lástima que estos poemas con la fuerza de Jacinta ,sean aún desconocidos.
Desde aquí mi agradecimiento pues he podido leerlos y disfrutarlos, gracias a una fotocopia de sus poemas inéditos que me ha regalado.
!Gracias por tu generosidad! Espero pronto ver publicado Espadas de arena.

jueves, 2 de septiembre de 2010

El viaje de regreso

Llevaba varios días navegando en círculos alrededor de la séptima luna del planeta Talzos. El sistema de comunicaciones estaba inservible y si retomaba curso hacia Talzos, no estaba seguro de poder controlar la nave, y mucho menos de hacer un aterrizaje en condiciones.
Apenas me quedaba oxígeno, de modo que pensé que lo mejor sería arriesgarme, y confiar en que los controles de navegación aguantasen el tiempo suficiente. Abandoné la órbita y me puse rumbo a Talzos. Durante el trayecto, tuve que corregir el rumbo innumerables veces. La cosa no iba del todo mal, salvo mi cansancio que crecía exponencialmente, hasta que la computadora de navegación me dio el aviso: control de navegación inoperante. El rumbo se mantenía fijo hacia Talzos, de modo que el aterrizaje, aunque fuera a 3000 kilómetros por hora, estaba asegurado. Disponía de al menos una hora antes de llegar, así que intenté reparar aquella maldita computadora. No había manera. El tiempo se me acababa. Entonces una idea descabellada pasó por mi mente. Saltar de la nave con un traje espacial. La idea era estúpida de verdad. A esa velocidad, si me daba un golpe contra el casco de la nave, no quedaría de mí más que migajas. Y aunque lograse sobrevivir al salto, no había seguridad de que otra nave pudiera encontrarme. Estaba bien jodido. El cansancio se me apoderaba mientras Talzos se hacía grande en la escotilla. Pero entonces, quizá por un funcionamiento anómalo de mí cerebro debido a la falta de oxígeno, recordé que los nuevos trajes espaciales de la bodega, llevaban una baliza de posición. De modo que me dirigí allí, me puse uno de aquellos trajes y fui a la compuerta más próxima. Sin extraer el aire del compartimento estanco, abrí la compuerta exterior, permitiendo que el vacío me succionara lo más lejos posible. Evité cualquier impacto contra el fuselaje y vi pasar la nave por debajo de mis pies.
Tengo oxígeno de sobra y la baliza está activada, las patrullas no tardarán en encontrarme. En cuanto a mi nave… bueno, creo que estoy despedido.