miércoles, 20 de julio de 2011

Caballeros,7



El día se presentaba gris y frio, los empañados cristales de la ventana pintaban de aparente niebla el ajetreo de la calle Colón, y Rafa después del habitual gesto de recoger la impresión visual de lo que le esperaba al bajar, recogió su sombrero del mozo perchero y sin decir nada se dispuso a enfrentarse a su cotidiana existencia de acomodado rentista.
Arrebujado en su elegante abrigo recorrió unos pocos metros hasta el carruaje, que a la espera de clientes se encontraba parado ocupando el primer lugar de una larga cola de coches de punto,
---a la calle Caballeros,7-- gritó al cochero antes de ocultarse en su interior, donde echando su cabeza hacia atrás sus pensamientos escenificaron el encuentro con Angela, nada incluido el griterío de los arrieros y los vendedores ambulantes de la calle Avellanas le distrajeron en todo el trayecto y no habiendo aún concluido su imaginaria representación, el ---ya llegamos— ronco, del áspero conductor, le impulsó como un resorte a bajar, pagar y abrir la cancela de aquel oscuro pero amplio zaguán.
El cantarín saludo en francés dispensado por la Srta. Ventege, profesora del entresuelo y conocedora de su pasado parisino le hizo rememorar por segundos aquellos tiempos.
Angela aún no había llegado y el estudio era todo un desastre, nadie parecía poner orden en aquel refugio de amor y arte, sin quitarse el abrigo el sofá lo recibió con calidez, contaba mentalmente cuantas veces habían hecho el amor el último mes, y los celos le aguijonearon el estómago, el ruido de la puerta y voces le pusieron de pié,
---si está aquí Don Rafael, como estás? ---le saludó un apuesto joven que apoyado en un bastón le tendió con franqueza la mano, iba seguido por Angela que quitándose el sombrero y besando en los labios a Rafael, trató de explicarse
---si querido, nos hemos encontrado en la plaza de la Virgen y amablemente me ha acompañado, y dirigiéndose a Miguel
---siéntate donde puedas y disculpa el desorden que la mujer de la limpieza hoy no ha podido venir.
Rafael, levantándose no acertó si no a sonreir y a aceptar la inconveniencia de aquel encuentro, que trastocaba sus planes respecto del ultimátum que pensaba dirigir a aquella mujer que nublaba su entendimiento y que sumía su vida en un continuo tormento.
---Vaya, Vaya si tenemos aquí nuevas creaciones, ---comentó Miguel que siempre valiéndose de su exquisitamente rematado bastón, recorría con curiosidad los rincones de la estancia,
---y dices que esta corriente artística es el Dadaismo?, yo no entiendo nada de arte que no sea el de Cúchares, pero no me disgusta este atrevimiento, aunque llamarlo arte y sin querer ofenderte me parece exagerado.
--- agradezco tu observación Miguel, pero esas láminas no son muy representativas de ese movimiento, mas tarde si hay ocasión te mostraré mis últimos trabajos,---
respondió Rafael sin mucho interés
Angela mientras tanto, se afanaba en arreglarse el cabello y en ajustarse el vestido corto recién estrenado, frente a un enorme espejo que presidía el único dormitorio de la casa.
---Voy a preparar un té y os comentaré la posibilidad que me han ofrecido en un nuevo espectáculo que se va a estrenar en el Ruzafa y además os tengo que dar una noticia---
Mientras tanto, Rafael se ponía cómodo y sus pensamientos giraban en torno a la gravedad de su situación económica, pues era incapaz de hacer frente a su tren de vida con las pocas rentas heredadas de sus padres, (había comenzado por malvender las escasas propiedades agrícolas y ahora estaba terminando por acudir a prestamistas a empeñar o malvender las joyas de su madre), en las fantasías de Angela que se negaba a reconocer que ya nunca volvería a la escena y en aquel torero tullido que apuraba su fortuna con una cupletista cuyos caprichos el ya no podía satisfacer, su amor por ella teñido de celos no solo se había afianzado sino que cada día la veía más atractiva, y era consciente que poco a poco se le escapaba, por lo que él permitía en cierto modo los devaneos que se traía ahora con Miguel, un famoso exmatador de toros y los que anteriormente mantuvo con un renombrado pintor que aburrido de sus excentricidades mudó de musa y de ciudad.
Angela, a sus 33 años albergaba parte de la exuberante belleza que todas sus hermanas en su juventud habían envidiado, pero ya con esta edad, la acumulación de atributos femeninos pese a que los cánones de la moda imperante eran muy condescendientes con las formas que ella paseaba con gracia y picardía, comenzaban a hacer mella en su cuidada imagen.
Aunque con cierto estilo, en ocasiones mostraba su lado arrabalero, ese que el barrio de la Barceloneta le había sellado en su carácter, a fuerza de aprender a defenderse en las calles y a malvivir una infancia carente de referentes paternos. Alejada muy pronto de la escuela, su gusto por la música y el baile le llevaron a frecuentar los garitos del paralelo, hasta que un mecenas inspirado por el arte que su cuerpo atesoraba y sobre todo por el fuego que desprendía, le dio la oportunidad de ser una reconocida cupletista en los ambientes de los mejores cabarets de la ciudad.
Sensible, frívola, carnal, y amorosa, supo emplear con acierto su escaso talento para la escena y su habilidad de relacionarse con intelectuales de café, pintores de media brocha, empresarios de varietes y bohemios de las más variadas artes.
A falta de contratos y a la espera de su imaginario relanzamiento como la gran revelación del cuplé, recaló enamorada en Valencia como parte del equipaje que el entonces adinerado Rafael, se trajo de Barcelona a su regreso de París.
No tardó en percatarse que el horizonte de lujos y fiestas que preveía al comienzo de su relación no era más que un espejismo, Rafael, obsesionado con el Dadaismo y lejos de la cómoda posición económica de los primeros tiempos, poco le podía ofrecer ya y ella supo encontrar en Miguel el “amigo” que amparaba sus caros y en ocasiones extravagantes placeres.
Miguel, sabedor del papel que desempeñaba en este triángulo, condescendía a financiar lujos y fiestas con tal de tenerla a su lado, aquella cogida en la Maestranza cuando se encontraba en su mejor momento dio al traste con su sueños, y aunque admitido y alabado en los círculos taurinos de la ciudad, (pues incluso le hicieron un homenaje en el coso de la calle Jativa cuya recaudación integra él donó al hospital provincial), Marilú su esposa lo abandonó, y sus antiguos amigos dejaron de frecuentarlo, asiduo de círculos bohemios, el opio y Angela de la que estaba enamorado le ayudaban a olvidar la frustración que su rodilla izquierda, había infligido a su prometedora carrera de matador de toros.
Ángela, disponiendo el servicio de té sobre la mesa donde ya se sentaban sus dos hombres, les adelantó que tenía una buena noticia para ambos, ellos expectantes se miraron mutuamente sin comprender nada, el silencio se adueñó de la salita y Angela muy ceremoniosa tras servir la excitante y caliente bebida, encendió un largo cigarrillo turco, sorbió de su taza y tras chasquear la lengua con extrema suavidad como homenaje a aquella exquisita infusión traída de Ceylán, con pasmosa tranquilidad les dijo, ---estoy embarazada y no sé quién de los dos es el padre.---

2 comentarios:

Mo dijo...

interesante y situado claramente en nuestra ciudad, un triángulo amoroso que puede dar mucho de si...

Pablo dijo...

Promete, puede dar pie a situaciones muy cómicas. Y como siempre ese cuidado al detalle que nos transporta...